La mirada de Senka

Celosía de una mezquita en Sarajevo (Bosnia)
"La mirada de Senka", por Zoilo Andrés

Relato presentado al  XXV Concurso de Cuentos de las Bibliotecas Públicas de la Comunidad de Madrid, tema “Europa”, en 2010.

Ganador del 2º premio en la categoría de adultos E.

 

Aquel invierno apenas había nevado, pero sobre las laderas de las montañas que rodean el este de Sarajevo las lápidas del cementerio musulmán dibujaban un mar  de tristes y puntiagudos monolitos blancos, que asemejaban un alud que se precipitaba sobre la ciudad.  Senka aún había llegado a contemplar aquella ladera con su manto verde, cuando el cementerio apenas era un  tímido germen de lo que llegaría a ser tras las guerra, antes de que la ceguera blanca que padecía se instalase en su mirada.Cementerio musulmán en Sarajevo (Bosnia), de los muertos en la guerra de Yugoslavia

Como  cada jueves, había subido acompañada de Amir por el estrecho y empinado camino que llevaba a la tumba de su hermano. No necesitaba ayuda, podría incluso prescindir de su bastón. Pero lo usaba con esmero para interpretar el papel de mujer ciega y desvalida. Con esta actitud Senka conseguía que su habilidad pasase desapercibida y no llamase la atención que subiera el camino cuesta arriba con apenas apoyar los pies sobre el suelo.

La primera vez que levitó fue algunos meses después de volver del hospital tras el bombardeo que la dejó ciega. De alguna manera ella sabía que ambas circunstancias tenían que ver entre sí, pues  el hecho de perder el sentido de la vista había propiciado la aparición de esa inquietante habilidad.

Tenía 19 años  y todas las mujeres de su familia, Amir, su abuelo y su tío abuelo se habían refugiado en el sótano con el descorazonador sonar de las sirenas, preludio de los bombardeos que se cernían sobre la ciudad. Como la calma que precede a la tempestad, apenas sus propias respiraciones agitadas se escuchaban en el transcurso de aquella agonizante espera. Y como una carraca de metal, los aviones no tardaron el surcar el cielo apenas unos metros sobre los tejados ametrallando contra las fachadas de las viejas casas y Biblioteca de Sarajevo, bombardeada durante la guerra de Yugoslaviadejando caer las bombas diabólicas  que aniquilaban cualquier atisbo de vida que no hubiera perecido ya. Fue el mismo día que las tropas serbias violaron también el templo del saber de la ciudad y quemaron la biblioteca universitaria. El humo gris de los libros al arder se levantó como la más triste columna de humo que Senka había visto desparramarse sobre los tejados rotos de Sarajevo. Y también fue la última imagen que su retina grabó del convulso mundo que le tocó vivir.

Tras cerca de cinco horas de bombardeo y fuego cruzado, los contendientes parecían haberse dado una tregua. En el húmedo sótano familiar se ponían en pie y se reconocían con la mirada cuando distinguieron un gran alborozo en la calle. – ¡La biblioteca se quema! – Alcanzaron a escuchar tras los muros. El viejo y enjuto abuelo repitió incrédulo esas palabras y Senka corrió escaleras arriba hacia la calle incapaz aún de creer que el fuego estuviera devorando la gran biblioteca de Sarajevo. Cuando salió a la gris y pálida atmósfera que todo lo envolvía, se acercó a un grupo de vecinos que miraban en dirección al río, en donde se recortaban los minaretes blancos de las pocas mezquitas que no habían sucumbido aún, contra el rosáceo tejado de la biblioteca. Los ojos de Senka se llenaron de lágrimas al contemplar las voraces llamas desprenderse sobre las ventanas, destrozando los cristales, calcinando las páginas de tantos libros que ella había estudiado y de tantos otros cuyas palabras sus ojos jamás volverían a leer.

Su mirada se tornó vidriosa tras las lágrimas que afloraban en sus hinchados párpados y de pronto un avión avanzó sobre el horizonte hacia su posición cerca de la plaza que forma la calle Baščaršija. El grupo de curiosos que se arremolinaban en la confusión de los acontecimientos fue salvajemente masacrado. Entonces Senka enmudeció ante la desolación contra la propia raza humana al ver desplomarse, inertes, a sus vecinos contra el suelo. El avión pasó fugaz sobre ella pero antes dejó precipitarse una bomba sobre la plazaCasa derruida por los bombardeos en Sarajevo y todo alrededor se tornó blanco, de una blancura tan perfecta que Senka pensó que había muerto y que estaba a las puertas de la otra vida. Era la nada misma que todo lo devoraba, y a su paso dejaba una devastación de muerte blanca e inmaculada que se fijó en lo más profundo de sus ojos, como una espesa capa de nieve que desde entonces se superpuso sobre todo a lo que Senka dirigió su mirada.

Mientras yacía hecha un ovillo en el suelo, sus tímpanos vibraban en un agudo pitido y su mente volaba sobre los anaqueles de la devastada biblioteca. Recordó aquel primer libro de historia que fue a parar a sus manos, y cómo se asombró al descubrir que la historia de Europa se había forjado también desde su ciudad, desde aquel viejo puente sobre el río Miljacka. Un triste capítulo más de la sórdida historia de las guerras en Europa, con el asesinato de Francisco Fernando, que había dado lugar al estallido de otra guerra igual de cruel, la I Guerra Mundial. También recordó, más bien imaginó, las calles de Dublín en el Ulises de James Joyce. Voló por unos segundos a Lisboa de la mano de Fernando Pessoa; se sumergió en las profundidades de un mar que todavía no conocía sino por Moby-Dick o el Nautilus; navegó por el mágico Mediterráneo de la Odisea; visitó España cabalgando sobre los versos de Antonio Machado; imaginó a otros dioses rememorando las sagas nórdicas; se emocionó al recordar a Copérnico, a Darwin o a Einstein; se contagió de la melancolía del húngaro Joszef Attila; y por último se hundió en el extraño e infecto infierno de la Divina Comedia de Dante Alighieri.

Amir la miraba mientras ella sacudía con esmero el polvo y la arena de la lápida. Los ademanes lentos, como quien creyera  que esa caricia sobre la piedra fría y desnuda se trasportara de algún modo hasta el rostro vivo del fallecido. Senka no había cambiado mucho  desde el fatídico día en que aquella bomba había arrojado sobre sus ojos un puñado de escoria y metralla. Cuando despertó en su cama tras la precaria intervención quirúrgica en el atestado hospital de campaña que la ONU había instalado en unas escuelas cercanas, Vista desde una ventana en Sarajevosu mirada era ya la de una muñeca de porcelana con las pupilas tan dilatadas que el fondo de sus ojos se había convertido en un pozo infinito de oscuridad para quienes los miraban. Su diminuta nariz asomaba tímidamente sobre las tiritas que tapaban las blandas cicatrices de su rostro. Parecía respirar con dificultad, con sus finísimos labios entreabiertos y aquellos dos incisivos separados el uno del otro en un estrecho canal que hacía silbar el aire al salir de su boca. El cabello castaño reposaba sobre sus huesudos hombros y sus manos yacían entrecruzadas en su regazo, aguardando la caricia amable de alguno de los presentes. Amir fue el primero en acercarse cuando ella se despertó, se agachó sobre la cama y le susurró algo al oído que la hizo sonreír. Todos a su alrededor los observaban y entre los murmullos pudo reconocer el llanto quebrado de su madre, sentada en una pequeña silla asistida por otras mujeres de la familia.  Entonces durmió feliz al encontrar que nada había cambiado. Amir volvió a ocupar su sitio junto al grupo y Senka no despertó hasta haber saciado el sueño que adormecía su mente.

Cuando se despertó aturdida aún por la explosión, no fue consciente de  que había perdido para siempre la capacidad de ver. Todo para ella seguía siendo blanco, como si el momento en que la bomba estalló no hubiera pasado aún, como si se encontrase envuelta por una densa nube blanca de vapor luminoso, cálido y grato. No fue hasta un rato después cuando comprendió que esa luz blanca era cuanto vería a partir de entonces al abrir los ojos. Ni siquiera se disgustó, no tenía tiempo para lamentarse por su ceguera. Estaba viva. Su padre y otros hombres de su familia, que habían sido obligados a luchar en la guerra, probablemente estaban muertos ya. Aunque ella no prolongaba día a día la agonía de los demás al desconocer el estado en que se encontraban. Aceptó su nueva situación sin contemplaciones, pero la muerte de su hermano fue algo más difícil de asimilar.

Unos meses después, su abuelo, Amir y ella se habían quedado solos en casa. El resto de la familia había aprovechado los escasos días de tregua en que los serbios permitían elEl rapto de Europa, de Rubens (1628-1629), Museo del Prado (Madrid) abastecimiento internacional de la ciudad para salir a comprar o hacer algún trueque. Senka le había pedido a su abuelo que le leyera un pasaje de las Metamorfosis de Ovidio. Amir rezongó desde el suelo donde jugaba con una peonza de madera pues no entendía lo más mínimo los cuentos mitológicos de aquel señor. Para tratar de motivar a su abuelo  y que no desistiera de leerle en la quinta hoja, Senka le había preguntado si sabía por qué Europa se llamaba así. Su abuelo y Amir la miraron frunciendo el ceño. Pero el abuelo negó con la cabeza, cogió el libro y se sentó en una silla junto a ella.  Entonces Senka le explicó que la historia que quería que le leyera daba respuesta a su pregunta. Así fue como Amir y su abuelo descubrieron que Europa fue una princesa de Tiro que había sido seducida por Zeus, dios de todos los dioses, transformado en un toro blanco, manso y hermosísimo, que raptó a la joven y bella Europa y se la llevó nadando hasta la isla de Creta, de la que fue hecha reina y de donde después los griegos y otros pueblos tomaron el nombre de aquella mortal para denominar al continente.

El abuelo terminó de leer y cerró el libro enfadado. – Nosotros no tenemos nada que ver con esta historia, no somos parte de Europa -. La mirada inerte de Senka pareció apesadumbrarse y no supo qué contestar. Su pueblo se había visto envuelto en una guerra que no buscaba y la limpieza étnica contra la mayoría musulmana del país, por parte de los serbios que pretendían su anexión, había aniquilado y desmembrado familias enteras. Y mientras tanto, mientras todo aquello y otros muchos horrores tenían lugar, Europa, los ricos países herederos de aquel hermoso mito, miraban hacia otro lado y se desentendían de los estragos que la guerra estaba causando a apenas unos kilómetros de sus fronteras. Recordó entonces los cuadros que habían retratado el rapto de Europa por parte de Zeus y que había consultado en uno de los catálogos pictóricos con que contaba la maltrecha biblioteca. Su memoria dibujó las luces, colores y sombras de la escena y así se imaginó montando feliz a lomos de Zeus en forma de toro blanco, nadando por el mar seguido de un séquito de ninfas y otras deidades.  Pero encontró su corazón, el de Europa, sacudido por la muerte y por los llantos de los niños refugiados; y se maldijo a sí misma y maldijo a Zeus por enajenarla con su hechizo, por no haberle permitido darse cuenta de las abominables cosas que le estaban ocurriendo, por haberla embaucado con su hermosura y con las riquezas y suntuosidades de su palacio.

Su abuelo salió de la sala y en ese mismo instante Senka levitó. Si hoy le preguntaran no sabría responder si fue a causa de la ira, por la tristeza o simplemente porque no hay razón aparente que lo explique, pero su cuerpo de pronto se elevó unos centímetros sobre la silla en donde estaba sentada. Sin percatarse de lo que estaba ocurriendo, sólo al dejar de creerse la princesa Europa, se levantó de la silla. Pero sus pies no tocaban el suelo y mientras se desplazaba sus  alpargatas no producían sonido alguno al golpear el piso, Babuchasporque sólo golpeaban el propio aire. Hasta que no llegó a la cocina no se reconoció flotando a unos tres centímetros del suelo. Emitió un pequeño grito de asombro y como si su cuerpo sólo obedeciera un rapidísimo e inconsciente impulso nervioso, se fue desplazando escaleras arriba hacia su alcoba. Senka levitaba como si fuera algo inherente a ella que llevara haciendo toda la vida. Se sentó en la cama, su cuerpo fue descendiendo poco a poco hasta tocar la colcha que cubría el lecho y el efecto desapareció por arte de magia. Le pareció divertido, pero a partir de entonces se convirtió en un verdadero inconveniente pues resultaba muy difícil de controlar y temía que su familia lo descubriera y terminara por temerla y rehuirla. Sólo Amir lo supo al contemplarla aquella primera ocasión, pero ella no lo sabía.

Así fue como la ceguera blanca que padecía vio mitigadas algunas de sus consecuencias, y le permitió ser un poco más autosuficiente. Pero todo cambió la mañana de invierno en que Amir se acercó a ella mientras rezaba ante su tumba. Amir solía respetar aquel momento de comunión y recogimiento, y nunca le hablaba ni respondía a sus preguntas. Pero aquel día sintió la necesidad de contárselo, de que lo supiera antes que nadie, antes incluso que los burócratas de los lejanos despachos en donde se fraguaba la paz.

Amir se acercó a ella y le susurró al oído, como el día en que Senka despertó en su cama tras la bomba que lo mató a él y la dejó ciega a ella. Senka le preguntó cuándo acabaría aquella maldita guerra y Amir le respondió, sólo aquella vez, que no se preocupara más, que tan sólo quedaban veintisiete días para que todo terminara. Y le habló de un hospital que instalarían los españoles en Mostar y le pidió que fuera allí cuando todo se hubiera calmado. Le explicó que había una Europa libre y solidaria que se haría cargo de ellos en la posguerra y que algún día vería de verdad el hermoso toro blanco de la felicidad, y cabalgaría sobre él y vería el mar, y todas las pinturas que retrataban aquella historia, y volvería a poder leer los libros que se perdieron en la guerra. Pero no podría volver a verlo a él, ni a su padre ni a todos los demás muertos, y perdería la capacidad de levitar; aunque en ese hospital recuperaría la vista porque su ceguera era blanca, y donde hay luz blanca tan solo un prisma es necesario para dibujar el mundo y llenarlo de formas y de color.

Senka descendió lentamente y sus pies se posaron en el suelo. Se sujetó en la lápida de la tumba de Amir, como si el haber levitado durante tanto tiempo le hubiera hecho perder también el sentido del equilibrio. Hasta que comenzó a atardecer lloró de alegría pues supoMinaretes al atardecer en Sarajevo (Bosnia) que su hermano había estado con ella y que era optimista frente al futuro gris e incierto que se cernía sobre su pueblo. Comenzó la cuenta atrás, y cuando el sol se puso pensó que tan sólo quedaban ya veintiséis días, sonrió y bajó lentamente por el camino apoyándose en el bastón. Entonces volvió a imaginarse como la joven Europa, feliz, que canturreaba en corro en la playa de Tiro frente a un mar de esperanza ondulante y azul.

Concierto del grupo Tulsa en el bar Fotomatón

El jueves 13 de mayo asistí al concierto que Tulsa ofreció en el bar Fotomáton, detrás de la Plaza de España, en Madrid.

10 € la entrada. Un poco cara, creo que los del bar se pasaron un poco.

El concierto excelente. Seríamos unas 50 personas aproximadamente, y tuve la suerte de poderlo ver en primera/segunda fila.

Me llevé la cámara de fotos. Desafortunadamente la escasa luz y la imposibilidad de utilizar el flash me obligó a subir al máximo la sensibilidad ISO, por lo que pido perdón por el grano y desenfoque de las fotos.

Y al final, un breve relato inspirado en el concierto.

¡Salud!

Miren Iza, líder del grupo Tulsa en concierto en el bar Fotomatón, Madrid

 

Miren Iza, líder, vocalista y guitarrista del grupo de música Tulsa, en concierto en el bar Fotomatón, Madrid

Sus caras se mezclaban entre el pasar fugaz de unos acordes melancólicos, entre el frágil reverberar de las cuerdas de una guitarra solitaria.

Sus miradas se entrecruzaban entre el humo dulce del opio que anestesiaba sus párpados, la sutil ambigüedad de quien asiste a un espectáculo extraño.

Solo unas pocas bocas alcanzaban a articular unos versos inconexos. Y sus gargantas  imitaban una melodía abstracta, sobre el murmullo de las botellas llenas de cerveza.

No era yo quien los miraba. Eran otros los ojos que contemplaban su tristeza.

Desfallecían las corcheas del teclado cuando una voz se levantó soliviantada. Cesó la tormenta de luces indiscretas. Y  sonaron las lánguidas palabras que habíamos escuchado en otro tiempo y en otro lugar.

Imagen de Miren Iza, líder del grupo Tulsa, en concierto en el bar Fotomatón, Madrid

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Conduciendo por la autopista

Se habría pasado el desvío si no hubiera frenado en seco, sacando de quicio a los que venían detrás de él y al camionero que hubo de reducir su marcha para hacerle un hueco en la incorporación.
Conducía sin mirar los letreros, que más que ayudarlo, lo saturaban de información. No sabía conducir de otra manera y además era ésa la manera que le gustaba.Conduciendo de noche por la carretera autopista
Se habría pasado el desvío si en una mirada fortuita al mosquito aviador que se había estampado contra el parabrisas, no hubiera visto las letras blancas sobre fondo azul que le indicaban su destino.
Entre pitido y pitido hablaba solo. Lo hacía a menudo, desde siempre. No eran las largas conversaciones de un desequilibrado. Su propia voz interior acostumbraba a increparle cuando hacía algo mal, o a darle consejos en voz alta cuando estaba indeciso.
Le gustaba la música flamenca. Especialmente apreciaba el cante jondo, el flamenco puro, oscuro, bien zapateado. No esos bailes coloridos más propios de la Feria de Abril. Deslizó el dial hasta que encontró un sucedáneo musical de este arte. Cualquier cosa habría estado bien, pero siguió saltando de emisora en emisora, y por casualidad o por obra de su subconsciente sintonizó uno de esos programas a donde llama la gente a contar sus problemas.
Alguna madrugada un poco sonámbula, mientras esquilmaba el transistor, se había quedado escuchando alguna de esas historias. Unas para reír y otras para llorar, le hacían descubrir la verdadera esencia del ser humano. Mientras escuchaba a toda esa gente se preguntaba por qué sería que de noche afloran los más oscuros sentimientos y los más ocultos pensamientos que por el día escondemos tras la fachada de una sonrisa o de una palabra amable.
Siguió conduciendo mientras oía la suave voz de la interlocutora. Él también era un buen interlocutor. Sabía escuchar y callar a su momento, al contrario que esa gente de abyectos soliloquios. Esa gente le sacaba de quicio. Por eso a veces parecía antipático. Bueno, cada uno tiene su forma de ser. Como los que quemaban el teléfono para entrar en antena. ¿Acaso todos somos una masa uniforme que piensa y siente igual? Que los hay, se decía. Esta prepotencia también le hacía parecer antipático. Pero estaba en lo cierto, y el mayor ejemplo era ese programa de radio. Sin embargo, no tardó en aburrirse.
Abrió el maletero y desde el interio del coche se oía a una madre hablar de su hijo drogadicto

Paró en un área de descanso. No estaba cansado, apenas llevaba una hora de viaje, pero estaba seguro de que ella necesitaría mover un poco las piernas.
Abrió el maletero y la miró con desdén. Le hizo un gesto con la cabeza para invitarla a salir, y ella le respondió frunciendo el ceño. Luego asintió con la cabeza. Él no hablaba porque hacía tiempo que había perdido las ganas de dirigirle la palabra. Ella no lo hacía porque un esparadrapo en la boca se lo impedía. Le desató los tobillos y le dijo que sacara las piernas fuera, después la asió por un brazo para ayudarla a salir. Emitió un hondo suspiro cuando por fin sus pies tocaron el suelo.
Él sostenía la pistola en su mano izquierda, no quería sorpresas y tratándose de quien se trataba era seguro que podría haberlas. Desde el interior del coche se escuchaba a una mujer hablar de su hijo drogadicto y el tenso silencio de la noche estrellada se cortaba con el pasar de los coches a toda velocidad por la autopista.
Apagó la radio y miró el reloj. Fue un acto reflejo, tenía todo el tiempo del mundo. Le gustaba esa sensación, la de saber que una ficción como la que marca el reloj no tenía efecto sobre él. Se acercó a ella y la miró a los ojos durante unos segundos, luego le quitó el esparadrapo de la boca y le juró que la mataría si pronunciaba una sola palabra. Ella sabía que hablaba en serio. Se encendió un cigarrillo, le dio una calada y se lo pasó. Fumar maniatada le hacía perder todo su estilo al coger el cigarro para llevárselo a la boca, con esa elegancia que pocas mujeres saben poner en práctica.Las chispas de la brasa del cigarro se esparcieron por el asfalto oscuro
Mientras ella fumaba dejó la pistola sobre el capó. Se acercó y la cogió de las manos. Ella se lo quedó mirando perpleja, con el cigarro en la comisura del labio a punto de caérsele por la impresión. Comenzó a levantar el esparadrapo con las uñas hasta que liberó sus muñecas. Puedes irte, le dijo. El cigarrillo terminó por caer hasta el suelo y antes de que él lo pisara y esparciera las pequeñas brasas por el negro asfalto, ella echó a correr.