La lectora de Camden

 



Sabía que la estaba retratando, pero siguió absorta en la lectura de su libro.
Ni siquiera llegué a apreciar un leve gesto de sorpresa al verme allí apuntándola con el objetivo de mi cámara, tampoco un sutil movimiento en sus ojos que me demostrara que era consciente de mi osadía. Nada enturbió la concentración que reflejaba su rostro, y sus

La lectora de Camden Town

manos siguieron pasando con delicadeza las hojas que contenían una historia cuyo título jamás podré averiguar.
Pero ella sabía que yo estaba allí, empeñado en apresar su cuerpo en una imagen anecdótica de Camden, y por eso me regaló toda una suerte de encuadres pasajeros, de entre los que yo fui a escoger aquel que me mostraba la veleidad de un hombro desnudo; el caprichoso movimiento de su flequillo al son de los bulliciosos pasos de la gente a nuestro alrededor; el perfil de un rostro desconocido, de unos labios insurrectos en mi mente; los flecos antojadizos del pañuelo que ocultaba su pecho; los dedos que acariciaban una piel de papel demasiado inerte para ser la mía; el teléfono móvil que me anunciaba que eran las 13:02, la última vez que la pude ver.