Los carracones de Zoilo Andrés (1922 y 1928)

Hay objetos que guardan la memoria de generaciones pasadas, de moradores de otros tiempos con quienes compartimos el color de nuestros ojos, la forma curva de nuestra nariz o cierto rasgo temperamental, de los que nuestra sangre es depositaria. Hay objetos que guardan la historia personal de sus propietarios, pero los hay también que guardan el tacto amable de quienes fueron sus creadores. Así es la memoria, volátil, pues si nos conformamos con transmitirla de forma oral como un recuerdo o una vivencia, la batallita de sobremesa del abuelo chocho, acaba por deformarse y por perderse, sucumbiendo ante las voraces llamas de quienes olvidamos, de quienes no supimos destinar un poco del frugal tiempo de hoy a dejar por escrito un apéndice del sincero tiempo de ayer.

 

Carracón o carraca de 1928. Zoilo Andrés
Carracón de 1928: Mide 8 cm. de altura, 68.3 cm. de longitud, 89.5 de anchura y pesa 3.619 kg.

He aquí que ante este legado material, lo que el tiempo y la honrosa muerte han dejado sobre mis manos, quiero dejar una leve constancia de su historia. Es esta crónica mía indigna del verdadero suceder del tiempo, pero es el humo difuso que ha quedado de una próspera hoguera, y mi deber es dejar constancia de él antes de que se disperse por el viento.

Foto aérea de El Piñero, Zamora (España)
Foto aérea de El Piñero, Zamora (España)

Esta herencia de la que hablo son dos carracones, el legado de un hombre aventurero y habilidoso en el trabajo de la madera, que partió del puerto de Vigo rumbo a Argentina para formarse en ese oficio y regresó con algún dinero de más, el conocimiento y la virtud profesional y un cajón, un baúl, repleto de herramientas, alta tecnología a principios del siglo XX para un pueblo llamado El Piñero, al sur de Zamora. Mi bisabuelo, Zoilo Andrés Martín, prosperó en El Piñero como carpintero y estableció allí una profesión que transmitiría a sus hijos. Zoilo Andrés Hernández y Julián Andrés Hernández fueron dos de sus vástagos, el primero siguió los pasos de su padre y emigró también a Argentina, aunque allí hizo su vida y nunca regresó. El segundo, mi abuelo, permanecería hasta su muerte en 2006 en la tierra que los vio nacer.

 

Es costumbre en Semana Santa, especialmente en las localidades de Castilla, hacer uso de carracas, instrumentos de percusión hechos en madera con que se suple el tañer de las campanas, que son generalmente tocados por niños y jóvenes durante ciertas procesiones. En El Piñero también se representaban esas escenas durante las procesiones litúrgicas y cierto día de 1922, desconozco la razón, mi bisabuelo quiso que su hijo Zoilo tuviera el carracón más grande de toda la comarca y que presumiera y atronara con su ruido ensordecedor las calles del pueblo, para maravilla de pobladores y forasteros. Semejante instrumento y especialmente el ruido que producía deberían causar admiración. Con un arte y una técnica tristemente ajenos a mí, de un solo bloque de madera de pino construyó en aquel año un carracón que hizo las delicias de mi tío-abuelo Zoilo, quien para hacerlo sonar hubo de pedirle a un amigo que lo ayudara, pues estos carracones tienen que ser tocados por dos personas, una a cada lado.

 

Zoilo Andrés Martín y Juliana Hernández, bisabuelos del autor
Zoilo Andrés Martín y Juliana Hernández, bisabuelos del autor (circa 1910)

 

 

De este modo el carracón se rodeó de una pareja, la pareja “Andrés Hernández – Pérez”, apellidos que aún hoy en día pueden verse escritos a lápiz en un lateral de este carracón. Pérez era el apellido del amigo que lo ayudaba a tocarlo. Desafortunadamente nadie sabe ya quién fue esta otra parte del binomio. Pero otras incripciones han quedado impresas en la vetusta madera, el nombre y apellido Zoilo Andrés, en tinta negra y con unas molduras que hoy en día aún conservo y que forman parte de ese otro tesoro que es el cajón de herramientas de mi bisabuelo.

Zoilo Andrés Hernández, tío-abuelo del autor.
Zoilo Andrés Hernández, tío-abuelo del autor.

 

Desde entonces este carracón salió a la calle anualmente con motivo de Los Oficios el Jueves Santo, cuando las campanas son sustituidas por las carracas. De igual modo, el Viernes Santo avisaba del comienzo de la procesión y salía y desfilaba junto al Cristo, la Dolorosa, la Cruz de la Santa Cruz y la Virgen del Rosario de luto, en la procesión de los faroles de El Piñero, acompañando a las voces que cantaban el “Stabat Mater dolorosa”.

Julián Andrés Hernández, abuelo del autor
Julián Andrés Hernández, abuelo del autor

Mi bisabuelo, no conforme con aquella primera obra, quién sabe si ante la petición caprichosa y simpática de su hijo o bien porque éste había crecido y el primer carracón ya se le había quedado pequeño, decidió construir un segundo carracón, aún mayor, aún más espectacular. En 1928 lo terminó y ambos carracones desfilaron desde entonces por las calles de El Piñero, uno de ellos también tocado por mi abuelo Julián, luego por mi padre, Zoilo Andrés González y otros miembros de mi familia. Finalmente por herencia, como un legado dinástico y legítimo, como prenda de un apellido y de un nombre que comparto con aquellos hombres de mi familia a los que nunca llegué a conocer, soy depositario de estos carracones y de la obligación de conservarlos.

 

Zoilo Andrés González
Zoilo Andrés González, padre del autor

Con ese objetivo, con el de contribuir a su conservación (muy deteriorados por el uso, el mal uso también, y por el paso del tiempo y los lugares y formas en que han sido guardados) pero especialmente con el objetivo de fomentar su conocimiento y ennoblecerlos, he decidido donarlos al Museo Etnográfico de Castilla y León, cuya sede se encuentra precisamente en Zamora. Allí sabrán restaurarlos y conservarlos, y formarán parte de una colección museística y cultural que me enorgullece y que pone de relieve a cualquier generación futura la digna historia de sus protagonistas.

 

 

 

Zoilo Andrés Domínguez

Madrid, 24 agosto de 2010.

 

 

Zoilo Andrés Domínguez (MegaZoi), autor de este blog
Zoilo Andrés Domínguez (MegaZoi), autor de este blog