Antes de que se pierda mi memoria

Voy a llegar tarde pero me da igual – pensaba mientras esperaba en el andén del metro de Colón-. Mis otros congéneres se movían azarosos por entre la masificada línea que separa la vía y los anuncios de perfumes caros que cubren las paredes del suburbano. Me repetía una y otra vez aquellas palabras calculadas, profundamente meditadas también la noche anterior, para no salirme ni por un instante del discurso que tenía programado. Aspiraba a sorprenderle, hacerle ver que mi posición era inamovible, y que por muchos miles de euros que me ofreciera, jamás renunciaría a la parte que me correspondía de la herencia de mi abuelo.
En el trayecto aflojé el nudo de mi corbata y me dije que aquella partida de ajedrez acabaría con un triunfo de mi ejército sobre el de Eduardo, mi hermanastro. Eduardo regentaba un negocio de compra-venta inmobiliaria y necesitaba aferrarse a un clavo ardiendo para no sucumbir a la crisis económica que asolaba el país durante aquel 2008. Y a ese clavo ardiendo lo llamaba la finca del viejo.

Mi abuelo, quien se hubo exiliado en Venezuela por su activismo sindicalista, había muerto años atrás. Era hijo de un terrateniente y militante falangista extremeño, y encarnaba el drama ruin que dividió a muchas familias durante y después de la Guerra. Cuando volvió a España encontró que todo lo que quedaba de su familia eran unos nombres labrados en las lápidas de un cementerio, una hacienda destartalada y miles de hectáreas de una finca baldía que llevaba su apellido de alto abolengo. Finca Álvarez de Enríquez.

Murió una tarde nublada de agosto, una de esas tardes en que el bochorno lo impregna todo de su olor a tierra húmeda y los truenos anuncian una suerte de tormenta frugal que apenas alivia la sed del campo abrasado por el sol. Vivió solo y solo murió. A veces el destino es demasiado congruente con quienes se han pasado la vida jodiendo a los demás. Toda la familia se alegró. Y yo no fui una excepción.

Mi abuelo siempre fue parco en palabras. Y yo, siguiendo el extraño camino marcado por una doble hélice de ADN, había heredado de él esa forma de ser que suscita tanta desconfianza en la gente. Aunque nunca me quiso, quizá ese reflejo de sí mismo en mi modo de actuar durante las inevitables reuniones familiares le llevó a sentir una cierta empatía a la que nunca correspondí, pero que nunca me fue indiferente.

El viejo murió solo, pero podrido de un dinero que haría estremecerse al banquero más acostumbrado a las cifras plagadas de ceros. A pesar de su activismo marxista antes de salir de España, en cuanto atisbó la posibilidad de negocio comenzó a medrar entre la pudiente sociedad venezolana de mediados del siglo XX. La finca fue en realidad un quebradero de cabeza en cuya rehabilitación invirtió muchos millones de pesetas. Movido por la nostalgia puso todo su empeño para que recuperara el esplendor del que había sido testigo en su juventud. O eso creímos todos. Sucumbió a su propia egolatría y se erigió en el mismo señor feudal que había sido su padre.

Me bajé en San Bernardo y metí una mano en el bolsillo del pantalón. Esta vez no me proponía fumar un cigarro 15 minutos después de haber apagado el anterior, necesitaba recordarme que tenía las de ganar, que era fiel a mí mismo y que le estaba siendo fiel a ella. Por eso me aferré a aquella varilla de oro que mi abuela me regaló en prueba de la sutil complicidad que compartimos por un instante una tarde de invierno.
Cuando llegué al restaurante Eduardo me esperaba en la barra del bar. Tomaba algo que me pareció Vermouth acompañado de unas aceitunas negras. Nos saludamos fríamente con un rápido apretón de manos y yo comencé a ponerme nervioso al sentir la arrolladora seguridad de comercial que demostraba en cada sílaba, en cada movimiento, en cada gesto de su cara. Sin embargo cometió un error, y soliviantó mis ánimos cuando con desprecio aludió a la muerte de mi padre como si fuera el premio gordo de la Lotería de Navidad. Corté su discurso preguntando al camarero si nuestra mesa estaba lista, él apuró su copa y como tratando de recuperar el liderazgo en aquel enfrentamiento, se adelantó para coger sitio junto a la ventana. Hasta que nos sirvieron el primer plato yo había permanecido condescendiente a sus batallitas de hombre de éxito, y entonces comenzó. Sabes que estás en desventaja, mi madre y yo tenemos dos tercios de la finca, tu parte no es imprescindible para construir el campo de golf, pero – e hizo una pausa que yo aproveché para introducir de nuevo la mano en mi bolsillo y tocar aquel alfiler – estamos dispuestos a comprar tu parte, por un precio razonable, claro está. ¿Y si no quiero vendérosla? Ah, sabes que necesitas ese dinero más que nada en este mundo.

Y era verdad. Algunos nacen con estrella y otros nacen estrellados. Eduardo siempre había sido un chico seguro de sí mismo, mal estudiante, pero con un extraordinario don de gentes que le había granjeado una innumerable ristra de amigos de los que se aprovechó para sacarse una de esas carreras con nombre y con futuro. Yo, sin embargo, había preferido dedicar mis estudios y mi vida a un oficio duro y mal pagado, aunque explosivamente gratificante, el de arqueólogo.

En la Navidad de 1979 yo tenía 13 años, y como cada 24 de diciembre habíamos ido a Cáceres para hacer acto de presencia ante las paredes de la enorme y fría hacienda que mi padre se empeñaba en no perder a pesar del odio que tenía hacia el viejo. Años antes nos habíamos instalado en el piso que mi madrastra tenía en el Barrio de Salamanca y que nunca me acostumbré a compartir con aquella madre y aquel hermano tan ajenos a mí como el abuelo rico y desnaturalizado que molió a palos a su mujer hasta el mismo día de su muerte en la planta de una clínica para enfermos de Alzheimer.

El ritual siempre había sido el mismo año tras año desde que tengo uso de razón. Caras amargas al subir al coche en Madrid, dos besos huecos sin cariño en las mejillas rasuradas del viejo, conversaciones banales en el sofá del salón, silencios incómodos durante la opulenta cena, y ganas obscenas de acabar a toda prisa para terminar con aquella farsa cuanto antes. Al día siguiente, y tras dormir en la húmeda y fría cama que me era asignada, repetíamos la misma función de hipocresía, ahora de despedida, para conducir hasta la clínica en donde mi abuela estaba ingresada. La mujer de mi padre y Eduardo siempre esperaban en la cafetería. Ella decía que le repugnaba ver la cara desencajada y enfermiza de mi abuela mientras mi padre le repetía una y otra vez si sabía quién era él. Siempre odié a esa mujer, ella lo sabía aunque nunca me despreció. Toda su ambición era no perder su condición de mantenida, y aunque mi padre era consciente de ello, como todos los hombres, él también necesitaba una mujer a su lado.

Aquella visita respondía igualmente a un concierto establecido en que mi padre siempre acababa llorando y al final me pedía que le diera el regalo a la abuela. Pero aquella visita fue diferente de todas las demás. Y también fue la última.

Cuando una de las enfermeras acudió a mi padre para pedirle que bajara al aparcamiento pues otro coche se había empotrado contra el suyo, el azar quiso que fuera solo yo quien le diera a mi abuela su regalo de Navidad. Era el momento que más me agradaba pues como si de una niña pequeña se tratara, sus ojos se abrían como platos, su sonrisa se ensanchaba en su rostro moreno y arrugado, y sus manos devoraban el papel rojo con muñecos de Papá Noel para descubrir una cajita de madera tallada artesanalmente, que pasaría a formar parte de su innumerable colección. Luego, como si de aquello sí guardase memoria, la abría con entusiasmo y cogía uno de los bombones de chocolate que habíamos metido dentro. Me ofreció uno alargando hacia mí el brazo que sostenía la cajita, y yo cogí uno para guardarlo en el bolsillo de mi abrigo.

Pasaron algunos minutos y yo me impacientaba por la tardanza de mi padre y por la sensación de que el coche no estaría en buen estado para volver ese mismo día a Madrid. Entonces mi abuela se levantó, me cogió de la mano, me sacó de la sala donde estábamos y me arrastró por un luminoso pasillo hasta una habitación que supuse sería la suya. Me soltó la mano y se dirigió a una ventana, descorrió las cortinas y la gris luz del invierno iluminó la estancia y un sinfín de cajitas de madera que esperaban en el alféizar a su nueva compañera de colección. Me quedé paralizado, se volvió hacia mí, que aguardaba en el umbral de la puerta, y me llamó. Pronunció mi nombre. Y lo pronunció una vez más seguido de un “ven”. Me acerqué despacio, conmocionado por aquella muestra de lucidez que estaba presenciando, su frágil mano acarició mi cabeza y del bolsillo de la bata que llevaba sacó una llave con la que abrió una de las cajitas de madera. De entre todas, para mí era la caja más fea, pero sin duda guardaba en su interior un tesoro que cambiaría mi vida para siempre. Toma, mi regalo – me dijo. Del oscuro fondo de la caja sacó un pequeño alambre dorado, yo lo cogí -. Es un tesoro, un tesoro antiguo. ¿Dónde lo encontraste? En la finca, cerca de la encina grande. Y hay mucho más. Pero no se lo puedes decir a nadie. Es un secreto.

Mi padre apareció en la habitación, rápidamente guardé aquel alfiler junto con el bombón de chocolate, y nos despedimos de mi abuela, aunque entonces ninguno de los dos sabíamos que lo hacíamos para siempre.

Con el tiempo indagué en el secreto que mi abuela me había confiado. En la finca del viejo hay un tesoro, los restos de una importante ciudad visigoda que hasta entonces se daba por desaparecida. Aquel feo alambre de oro es parte de la fíbula con la que un guerrero de estirpe señorial prendía una tosca capa que imagino púrpura. Y esa ciudad visigoda está en mi parte de la finca. Aunque eso Eduardo no lo sabía.

Durante el segundo plato siguió haciéndose fuerte en la extrema necesidad de dinero en que yo me hallaba. Pronunció una cifra a la que no presté atención. Ante mi impasibilidad pronunció otra que supongo sería mayor. Y dejé que prolongara su monólogo hasta que finalmente, y según mis designios, perdió los nervios y golpeó el puño contra la mesa. Le tenía donde quería. Quería dilatar lo máximo posible aquella gozosa sensación de control, de victoria. Quería devolverle todo el egoísmo, toda la indiferencia, todos los reproches y todos los abusos que había vertido contra mí desde el primer día que fuimos presentados. Quería venganza, lo reconozco. Y la tuve. Encendí un cigarrillo para acentuar más su desesperación. Le miré fijamente y le dije hijo de puta no tienes nada. Abrió los ojos hasta que pude percibir el contorno de sus globos oculares y entonces solté mi discurso, ése que había estado elaborando durante tanto tiempo, ése en el que me había regocijado en tantas noches de soledad. Y me dije, esto va por ti, abuela. No me creyó cuando le expliqué que había dado permiso a la Junta de Extremadura para comenzar prospecciones en mi lado de la finca y que según la normativa vigente sus terrenos podían ser expropiados. Escupió todos los tacos del mundo sobre su copa de vino y me sentí feliz por verle humillado. Me amenazó con mandar un sicario de madrugada al portal de mi casa y una carcajada brotó hilarante de mi garganta. Elucubró un plan para mandar diez mil excavadoras a destruirlo todo y emplazar su verde y maravilloso campo de golf, pero la declaración de patrimonio ya me había encargado de tramitarla y eso solo le habría supuesto la cárcel. Así fue como finalmente conseguí que me suplicara, así que saciado de triunfo saqué mi cartera y le pedí la cuenta al camarero. Volvió a insultarme, pero sus insultos eran la prueba más palpable de su triste derrota.

Aquella tarde conduje mi coche hasta el cementerio de la familia y junto a la tumba de mi abuela deposité el desencadenante de esta historia. Lo había conseguido, había vengado su suerte junto al maldito viejo, su suerte con aquella terrible enfermedad, y mi suerte ante un pasado hostil y un futuro incierto. Hoy tengo esa misma enfermedad que padeció mi abuela, podría decir que soy rico, pero a pesar de ir perdiendo mis recuerdos poco a poco, no podría decir que soy feliz.

Zoilo Andrés©
12/07/2008