Una ventana al pasado: Diario de operaciones de la Guerra Civil de Emérito Peña Barrigós

Aquel cuadro siempre colgó de esa pared y aún hoy permanece en el mismo sitio desde el que su protagonista me mira con unos ojos sepia que reconozco familiares, melancólicos.

O quizá soy yo quien quiere ver en ellos la melancolía de un chaval que vivió humildemente y que vivió la más miserable de las muertes, que es el olvido.  Un chico de apenas 16 años que fue entregado a la tarea de matar a otros y matarse en el supremo mandato de causar cuantas más bajas mejor, de quien no llegó a conocer el amor o la dicha de verse feliz, sano, rodeado de su familia, de una mujer y unos hijos que le recordaran hoy, ahora; instrumentalizado como fue, convertido en un arma que había de luchar por un ideal vacío y terco, el de salvar a España de los rojos, por la gloria de Dios y de Franco, para restituir la virtud de esa Patria. Una España cruel que lo arrancó de su familia para mandarlo a un frente de combate letal, y que una vez acabada la tarea lo devolvió moribundo a la misma familia que tanto había llorado su ausencia. Muerto entonces, la misma España vencedora se deshizo de su cadáver y hoy en día la incógnita de su paradero es todavía un hecho que merece una reparación.

Estoy hablando de una víctima de la Guerra Civil Española. Tan víctima para mí como los miles de desaparecidos y represaliados republicanos, pese a haber combatido en el bando sublevado.

Reconozco que su filiación al ejército de Franco carece de poética, de sentido de justicia, que no es desde luego un ejemplo ni goza del atractivo y la simpatía de sus enemigos en el ejército de la República, el legal, igual de desalmado, igual de asesino, exactamente igual de inhumano, pero, aunque ejército, gubernamental y legal al fin y al cabo, luchador por unos ideales que se presuponen más altos, más democráticos, más sublimes.

Pero no debemos juzgar el pasado, especialmente ese pasado nuestro tan hiriente, y a sus protagonistas en uno u otro lado, con los ojos del presente. Porque no se puede juzgar a aquellos que fueron alienados de toda lógica, de todo humanismo, del necesario sentido crítico y de toda conciencia social y política justas. Porque alienados fueron, casi analfabetos, con soflamas y consignas vacuas que glosaban los ideales y los anhelos de un tiempo extremadamente convulso, donde los extremos del Fascismo y el Comunismo tuvieron en España su cruel campo de experimentación bélica, su antesala de la II Guerra Mundial.

Como no se puede juzgar a aquellas pobres gentes, carne de cañón arrojadas a la lucha fratricida, mi aproximación al legado de ese chaval que nos mira a todos vestido de uniforme, con su boina calada, su bello y joven rostro y la melancolía de su mirada, es un intento por restituir su memoria, la dignidad de su sepultura, el recuerdo de quien nadie recuerda ya.

Emérito Peña Barrigós es el nombre de este chico. El nombre de mi tío-abuelo. Enviado a morir  a su casa en El Piñero (Zamora) una vez enfermó de tuberculosis en el frente. En julio de 1937 fue reclutado y enviado a luchar en el ejército sublevado contra la “España roja”. No debería ser necesario justificarlo pero es preciso aclarar que a estos prototipos de hombres, que lo eran, se les llamaba a las filas de uno de los dos ejércitos enfrentados según la zona en la que viviesen. Si hubiera vivido en zona republicana probablemente habría combatido en ese bando. Pero Zamora era zona “nacional”, y con el ejército franquista hubo de luchar.

Emérito es una víctima de la Guerra Civil. Porque hoy en día nos horrorizamos cuando  vemos en las noticias que en el Congo o en Siria se recluta a menores de edad, y sin embargo nos olvidamos de que en nuestro propio país esto fue una práctica frecuente durante la Guerra en ambos bandos. Emérito es una víctima de la Guerra Civil porque nadie a su edad debería verse obligado a matar a otro ser humano, ni debería verse privado de su juventud y de su familia. Emérito es una víctima de la Guerra Civil porque ese Estado paralelo que lo mandó al frente se deshizo de él, tuberculoso, probablemente alegando medidas higienistas. Emérito es una víctima de la Guerra Civil porque también él yace en un lugar desconocido para sus familiares, los pocos que a día de hoy aún lo recuerdan a través de un cuadro en que viste uniforme y de un libro, un librito apenas, su diario de operaciones durante la Guerra.

Diario de operaciones de la Guerra Civil, escrito por Emérito Peña Barrigós.
Diario de operaciones de la Guerra Civil, escrito por Emérito Peña Barrigós.

El diario que Emérito escribió de su puño y letra entre julio de 1937 y junio de 1939 llegó hasta mí después de haber pasado por las manos de sus hermanos Celedonio, Nicasia, Trinidad y Leonor, mi abuela, quien antes de morir se lo legó a mi prima Natalia, la cual lo ha puesto en mis manos para, de momento, transcribirlo.

Su diario es el relato en primera persona de un chico de 16 años que no da crédito a la barbarie que acontece a su alrededor, pero que participa de ella porque no hay otra opción. A lo largo de sus 62 páginas  describe los lugares a donde él y sus compañeros son enviados, las batallas en las que tiene que luchar, los hechos y sucesos que le asombran, las buenas y malas vivencias de las que es protagonista, las gentes que se encuentra por una España barrida por la guerra.
Asombra el nivel de detalle en la relación de pueblos y lugares en los que lucha o pernocta. O las descripciones en que habla de cómo pasaba el tiempo libre en sus días de permiso, haciendo cosas tan normales y cotidianas como ir al cine, bañarse en un embalse, o beber anís con sus compañeros; como si estas cosas fueran realmente las que deberían haber protagonizado su juventud, en lugar de las bombas, los fusiles y las ametralladoras.

Su diario es la memoria viva de una persona que nadie recuerda. De alguien que no tuvo oportunidades ni opción de elegir, la de una chaval abocado a la muerte o a la lotería de sobrevivir a una guerra, como todas, injusta. Lo segundo no llegó a ocurrir pero una parte de él pervive aún en esa foto color sepia y en este librito de páginas marrones que huelen a papel viejo.

diario de guerra, diario de operaciones de Emérito Peña Barrigós
Emérito escribió su diario de guerra desde su alistamiento en julio de 1937 y el final de la Guerra en abril y junio de 1939.

Espero, con la transcripción de esas hojas, poder ofrecer su testimonio, recordar una parte de su vida, la más triste quizás, pero hacerle inmortal en estas letras electrónicas que recogen hoy el testigo de aquellas de trazo elegante y tinta azul, que salieron de su mano en una trinchera, en el ajetreo de un vagón de tren, o bajo la sombra de un árbol en un monte momentáneamente en calma.

Yo, su sobrino, el mortal de estos tiempos que custodia su efímera memoria 80 años después, he disfrutado mucho leyendo su diario, como el cofre secreto que revela los pensamientos, los sentimientos, las vivencias de una persona cercana a mí por la aleatoriedad de la sangre pero lejana en el tiempo y en la memoria. Una ventana a un pasado que compartimos todos los españoles y que desgraciadamente no cuenta con el concurso de nuestras Instituciones, preocupadas en no alentar el fantasma del conflicto guerracivilista, sin darse cuenta de que sus tropelías, actitudes y disensos fomentan más la formación de bandos extremos y enfrentados, que la justa publicidad y pedagogía de la Guerra Civil Española.

Leer su diario y hacerlo legible ha sido para mí una tarea apasionante, incluso divertida. Un proceso en que casi lo he llegado a conocer a través de algo tan insignificante como el trazo de una ‘b’ o una falta de ortografía que se repite una y otra vez. Y ha sido hermoso reírme sintiendo su compañía con algunas de sus ocurrencias y también entristecerme por la desdicha de las cosas que tuvo que vivir.

Redescubrir esos años terribles de nuestra historia ha sido también de sumo interés, localizando en Google Maps los pueblos y ciudades por las que pasaba, buscando accidentes geográficos, ríos  y montes en mapas topográficos, investigando en fotos y Google Street View las calles y lugares que él vio con sus ojos y que describe con su bonita caligrafía; leyendo las crónicas de las batallas en las que luchó y contrastándolas con las fechas, sucesos y nombres que cita.

Esta tarea la he hecho con un escrupuloso respeto a su modo de escribir y a las páginas de su diario. Por ese motivo he respetado su sintaxis y su ortografía, añadiendo solo algunas aclaraciones cuando era necesario. Porque al fin y al cabo esto es solo una transcripción de su manuscrito, nunca una  adaptación. Y la verdad de sus palabras no puede ser enmascarada.

En los próximos días, incluiré una nueva entrada del blog con su diario de operaciones.

Emérito, mi pequeño homenaje y el de tus sobrinos, el único a mi alcance, está aquí. Espero en un futuro poder rastrear las pistas que encierran el enigma de tu paradero.

R.I.P.

 

LEER el diario de operaciones de Emérito Peña Barrigós.

Mapa de las localizaciones de Emérito Peña Barrigós durante la Guerra Civil, citadas por él en su diario. Pincha en este enlace para ver con más detalle.

La mirada de Senka

Celosía de una mezquita en Sarajevo (Bosnia)
"La mirada de Senka", por Zoilo Andrés

Relato presentado al  XXV Concurso de Cuentos de las Bibliotecas Públicas de la Comunidad de Madrid, tema “Europa”, en 2010.

Ganador del 2º premio en la categoría de adultos E.

 

Aquel invierno apenas había nevado, pero sobre las laderas de las montañas que rodean el este de Sarajevo las lápidas del cementerio musulmán dibujaban un mar  de tristes y puntiagudos monolitos blancos, que asemejaban un alud que se precipitaba sobre la ciudad.  Senka aún había llegado a contemplar aquella ladera con su manto verde, cuando el cementerio apenas era un  tímido germen de lo que llegaría a ser tras las guerra, antes de que la ceguera blanca que padecía se instalase en su mirada.Cementerio musulmán en Sarajevo (Bosnia), de los muertos en la guerra de Yugoslavia

Como  cada jueves, había subido acompañada de Amir por el estrecho y empinado camino que llevaba a la tumba de su hermano. No necesitaba ayuda, podría incluso prescindir de su bastón. Pero lo usaba con esmero para interpretar el papel de mujer ciega y desvalida. Con esta actitud Senka conseguía que su habilidad pasase desapercibida y no llamase la atención que subiera el camino cuesta arriba con apenas apoyar los pies sobre el suelo.

La primera vez que levitó fue algunos meses después de volver del hospital tras el bombardeo que la dejó ciega. De alguna manera ella sabía que ambas circunstancias tenían que ver entre sí, pues  el hecho de perder el sentido de la vista había propiciado la aparición de esa inquietante habilidad.

Tenía 19 años  y todas las mujeres de su familia, Amir, su abuelo y su tío abuelo se habían refugiado en el sótano con el descorazonador sonar de las sirenas, preludio de los bombardeos que se cernían sobre la ciudad. Como la calma que precede a la tempestad, apenas sus propias respiraciones agitadas se escuchaban en el transcurso de aquella agonizante espera. Y como una carraca de metal, los aviones no tardaron el surcar el cielo apenas unos metros sobre los tejados ametrallando contra las fachadas de las viejas casas y Biblioteca de Sarajevo, bombardeada durante la guerra de Yugoslaviadejando caer las bombas diabólicas  que aniquilaban cualquier atisbo de vida que no hubiera perecido ya. Fue el mismo día que las tropas serbias violaron también el templo del saber de la ciudad y quemaron la biblioteca universitaria. El humo gris de los libros al arder se levantó como la más triste columna de humo que Senka había visto desparramarse sobre los tejados rotos de Sarajevo. Y también fue la última imagen que su retina grabó del convulso mundo que le tocó vivir.

Tras cerca de cinco horas de bombardeo y fuego cruzado, los contendientes parecían haberse dado una tregua. En el húmedo sótano familiar se ponían en pie y se reconocían con la mirada cuando distinguieron un gran alborozo en la calle. – ¡La biblioteca se quema! – Alcanzaron a escuchar tras los muros. El viejo y enjuto abuelo repitió incrédulo esas palabras y Senka corrió escaleras arriba hacia la calle incapaz aún de creer que el fuego estuviera devorando la gran biblioteca de Sarajevo. Cuando salió a la gris y pálida atmósfera que todo lo envolvía, se acercó a un grupo de vecinos que miraban en dirección al río, en donde se recortaban los minaretes blancos de las pocas mezquitas que no habían sucumbido aún, contra el rosáceo tejado de la biblioteca. Los ojos de Senka se llenaron de lágrimas al contemplar las voraces llamas desprenderse sobre las ventanas, destrozando los cristales, calcinando las páginas de tantos libros que ella había estudiado y de tantos otros cuyas palabras sus ojos jamás volverían a leer.

Su mirada se tornó vidriosa tras las lágrimas que afloraban en sus hinchados párpados y de pronto un avión avanzó sobre el horizonte hacia su posición cerca de la plaza que forma la calle Baščaršija. El grupo de curiosos que se arremolinaban en la confusión de los acontecimientos fue salvajemente masacrado. Entonces Senka enmudeció ante la desolación contra la propia raza humana al ver desplomarse, inertes, a sus vecinos contra el suelo. El avión pasó fugaz sobre ella pero antes dejó precipitarse una bomba sobre la plazaCasa derruida por los bombardeos en Sarajevo y todo alrededor se tornó blanco, de una blancura tan perfecta que Senka pensó que había muerto y que estaba a las puertas de la otra vida. Era la nada misma que todo lo devoraba, y a su paso dejaba una devastación de muerte blanca e inmaculada que se fijó en lo más profundo de sus ojos, como una espesa capa de nieve que desde entonces se superpuso sobre todo a lo que Senka dirigió su mirada.

Mientras yacía hecha un ovillo en el suelo, sus tímpanos vibraban en un agudo pitido y su mente volaba sobre los anaqueles de la devastada biblioteca. Recordó aquel primer libro de historia que fue a parar a sus manos, y cómo se asombró al descubrir que la historia de Europa se había forjado también desde su ciudad, desde aquel viejo puente sobre el río Miljacka. Un triste capítulo más de la sórdida historia de las guerras en Europa, con el asesinato de Francisco Fernando, que había dado lugar al estallido de otra guerra igual de cruel, la I Guerra Mundial. También recordó, más bien imaginó, las calles de Dublín en el Ulises de James Joyce. Voló por unos segundos a Lisboa de la mano de Fernando Pessoa; se sumergió en las profundidades de un mar que todavía no conocía sino por Moby-Dick o el Nautilus; navegó por el mágico Mediterráneo de la Odisea; visitó España cabalgando sobre los versos de Antonio Machado; imaginó a otros dioses rememorando las sagas nórdicas; se emocionó al recordar a Copérnico, a Darwin o a Einstein; se contagió de la melancolía del húngaro Joszef Attila; y por último se hundió en el extraño e infecto infierno de la Divina Comedia de Dante Alighieri.

Amir la miraba mientras ella sacudía con esmero el polvo y la arena de la lápida. Los ademanes lentos, como quien creyera  que esa caricia sobre la piedra fría y desnuda se trasportara de algún modo hasta el rostro vivo del fallecido. Senka no había cambiado mucho  desde el fatídico día en que aquella bomba había arrojado sobre sus ojos un puñado de escoria y metralla. Cuando despertó en su cama tras la precaria intervención quirúrgica en el atestado hospital de campaña que la ONU había instalado en unas escuelas cercanas, Vista desde una ventana en Sarajevosu mirada era ya la de una muñeca de porcelana con las pupilas tan dilatadas que el fondo de sus ojos se había convertido en un pozo infinito de oscuridad para quienes los miraban. Su diminuta nariz asomaba tímidamente sobre las tiritas que tapaban las blandas cicatrices de su rostro. Parecía respirar con dificultad, con sus finísimos labios entreabiertos y aquellos dos incisivos separados el uno del otro en un estrecho canal que hacía silbar el aire al salir de su boca. El cabello castaño reposaba sobre sus huesudos hombros y sus manos yacían entrecruzadas en su regazo, aguardando la caricia amable de alguno de los presentes. Amir fue el primero en acercarse cuando ella se despertó, se agachó sobre la cama y le susurró algo al oído que la hizo sonreír. Todos a su alrededor los observaban y entre los murmullos pudo reconocer el llanto quebrado de su madre, sentada en una pequeña silla asistida por otras mujeres de la familia.  Entonces durmió feliz al encontrar que nada había cambiado. Amir volvió a ocupar su sitio junto al grupo y Senka no despertó hasta haber saciado el sueño que adormecía su mente.

Cuando se despertó aturdida aún por la explosión, no fue consciente de  que había perdido para siempre la capacidad de ver. Todo para ella seguía siendo blanco, como si el momento en que la bomba estalló no hubiera pasado aún, como si se encontrase envuelta por una densa nube blanca de vapor luminoso, cálido y grato. No fue hasta un rato después cuando comprendió que esa luz blanca era cuanto vería a partir de entonces al abrir los ojos. Ni siquiera se disgustó, no tenía tiempo para lamentarse por su ceguera. Estaba viva. Su padre y otros hombres de su familia, que habían sido obligados a luchar en la guerra, probablemente estaban muertos ya. Aunque ella no prolongaba día a día la agonía de los demás al desconocer el estado en que se encontraban. Aceptó su nueva situación sin contemplaciones, pero la muerte de su hermano fue algo más difícil de asimilar.

Unos meses después, su abuelo, Amir y ella se habían quedado solos en casa. El resto de la familia había aprovechado los escasos días de tregua en que los serbios permitían elEl rapto de Europa, de Rubens (1628-1629), Museo del Prado (Madrid) abastecimiento internacional de la ciudad para salir a comprar o hacer algún trueque. Senka le había pedido a su abuelo que le leyera un pasaje de las Metamorfosis de Ovidio. Amir rezongó desde el suelo donde jugaba con una peonza de madera pues no entendía lo más mínimo los cuentos mitológicos de aquel señor. Para tratar de motivar a su abuelo  y que no desistiera de leerle en la quinta hoja, Senka le había preguntado si sabía por qué Europa se llamaba así. Su abuelo y Amir la miraron frunciendo el ceño. Pero el abuelo negó con la cabeza, cogió el libro y se sentó en una silla junto a ella.  Entonces Senka le explicó que la historia que quería que le leyera daba respuesta a su pregunta. Así fue como Amir y su abuelo descubrieron que Europa fue una princesa de Tiro que había sido seducida por Zeus, dios de todos los dioses, transformado en un toro blanco, manso y hermosísimo, que raptó a la joven y bella Europa y se la llevó nadando hasta la isla de Creta, de la que fue hecha reina y de donde después los griegos y otros pueblos tomaron el nombre de aquella mortal para denominar al continente.

El abuelo terminó de leer y cerró el libro enfadado. – Nosotros no tenemos nada que ver con esta historia, no somos parte de Europa -. La mirada inerte de Senka pareció apesadumbrarse y no supo qué contestar. Su pueblo se había visto envuelto en una guerra que no buscaba y la limpieza étnica contra la mayoría musulmana del país, por parte de los serbios que pretendían su anexión, había aniquilado y desmembrado familias enteras. Y mientras tanto, mientras todo aquello y otros muchos horrores tenían lugar, Europa, los ricos países herederos de aquel hermoso mito, miraban hacia otro lado y se desentendían de los estragos que la guerra estaba causando a apenas unos kilómetros de sus fronteras. Recordó entonces los cuadros que habían retratado el rapto de Europa por parte de Zeus y que había consultado en uno de los catálogos pictóricos con que contaba la maltrecha biblioteca. Su memoria dibujó las luces, colores y sombras de la escena y así se imaginó montando feliz a lomos de Zeus en forma de toro blanco, nadando por el mar seguido de un séquito de ninfas y otras deidades.  Pero encontró su corazón, el de Europa, sacudido por la muerte y por los llantos de los niños refugiados; y se maldijo a sí misma y maldijo a Zeus por enajenarla con su hechizo, por no haberle permitido darse cuenta de las abominables cosas que le estaban ocurriendo, por haberla embaucado con su hermosura y con las riquezas y suntuosidades de su palacio.

Su abuelo salió de la sala y en ese mismo instante Senka levitó. Si hoy le preguntaran no sabría responder si fue a causa de la ira, por la tristeza o simplemente porque no hay razón aparente que lo explique, pero su cuerpo de pronto se elevó unos centímetros sobre la silla en donde estaba sentada. Sin percatarse de lo que estaba ocurriendo, sólo al dejar de creerse la princesa Europa, se levantó de la silla. Pero sus pies no tocaban el suelo y mientras se desplazaba sus  alpargatas no producían sonido alguno al golpear el piso, Babuchasporque sólo golpeaban el propio aire. Hasta que no llegó a la cocina no se reconoció flotando a unos tres centímetros del suelo. Emitió un pequeño grito de asombro y como si su cuerpo sólo obedeciera un rapidísimo e inconsciente impulso nervioso, se fue desplazando escaleras arriba hacia su alcoba. Senka levitaba como si fuera algo inherente a ella que llevara haciendo toda la vida. Se sentó en la cama, su cuerpo fue descendiendo poco a poco hasta tocar la colcha que cubría el lecho y el efecto desapareció por arte de magia. Le pareció divertido, pero a partir de entonces se convirtió en un verdadero inconveniente pues resultaba muy difícil de controlar y temía que su familia lo descubriera y terminara por temerla y rehuirla. Sólo Amir lo supo al contemplarla aquella primera ocasión, pero ella no lo sabía.

Así fue como la ceguera blanca que padecía vio mitigadas algunas de sus consecuencias, y le permitió ser un poco más autosuficiente. Pero todo cambió la mañana de invierno en que Amir se acercó a ella mientras rezaba ante su tumba. Amir solía respetar aquel momento de comunión y recogimiento, y nunca le hablaba ni respondía a sus preguntas. Pero aquel día sintió la necesidad de contárselo, de que lo supiera antes que nadie, antes incluso que los burócratas de los lejanos despachos en donde se fraguaba la paz.

Amir se acercó a ella y le susurró al oído, como el día en que Senka despertó en su cama tras la bomba que lo mató a él y la dejó ciega a ella. Senka le preguntó cuándo acabaría aquella maldita guerra y Amir le respondió, sólo aquella vez, que no se preocupara más, que tan sólo quedaban veintisiete días para que todo terminara. Y le habló de un hospital que instalarían los españoles en Mostar y le pidió que fuera allí cuando todo se hubiera calmado. Le explicó que había una Europa libre y solidaria que se haría cargo de ellos en la posguerra y que algún día vería de verdad el hermoso toro blanco de la felicidad, y cabalgaría sobre él y vería el mar, y todas las pinturas que retrataban aquella historia, y volvería a poder leer los libros que se perdieron en la guerra. Pero no podría volver a verlo a él, ni a su padre ni a todos los demás muertos, y perdería la capacidad de levitar; aunque en ese hospital recuperaría la vista porque su ceguera era blanca, y donde hay luz blanca tan solo un prisma es necesario para dibujar el mundo y llenarlo de formas y de color.

Senka descendió lentamente y sus pies se posaron en el suelo. Se sujetó en la lápida de la tumba de Amir, como si el haber levitado durante tanto tiempo le hubiera hecho perder también el sentido del equilibrio. Hasta que comenzó a atardecer lloró de alegría pues supoMinaretes al atardecer en Sarajevo (Bosnia) que su hermano había estado con ella y que era optimista frente al futuro gris e incierto que se cernía sobre su pueblo. Comenzó la cuenta atrás, y cuando el sol se puso pensó que tan sólo quedaban ya veintiséis días, sonrió y bajó lentamente por el camino apoyándose en el bastón. Entonces volvió a imaginarse como la joven Europa, feliz, que canturreaba en corro en la playa de Tiro frente a un mar de esperanza ondulante y azul.

Los carracones de Zoilo Andrés (1922 y 1928)

Hay objetos que guardan la memoria de generaciones pasadas, de moradores de otros tiempos con quienes compartimos el color de nuestros ojos, la forma curva de nuestra nariz o cierto rasgo temperamental, de los que nuestra sangre es depositaria. Hay objetos que guardan la historia personal de sus propietarios, pero los hay también que guardan el tacto amable de quienes fueron sus creadores. Así es la memoria, volátil, pues si nos conformamos con transmitirla de forma oral como un recuerdo o una vivencia, la batallita de sobremesa del abuelo chocho, acaba por deformarse y por perderse, sucumbiendo ante las voraces llamas de quienes olvidamos, de quienes no supimos destinar un poco del frugal tiempo de hoy a dejar por escrito un apéndice del sincero tiempo de ayer.

 

Carracón o carraca de 1928. Zoilo Andrés
Carracón de 1928: Mide 8 cm. de altura, 68.3 cm. de longitud, 89.5 de anchura y pesa 3.619 kg.

He aquí que ante este legado material, lo que el tiempo y la honrosa muerte han dejado sobre mis manos, quiero dejar una leve constancia de su historia. Es esta crónica mía indigna del verdadero suceder del tiempo, pero es el humo difuso que ha quedado de una próspera hoguera, y mi deber es dejar constancia de él antes de que se disperse por el viento.

Foto aérea de El Piñero, Zamora (España)
Foto aérea de El Piñero, Zamora (España)

Esta herencia de la que hablo son dos carracones, el legado de un hombre aventurero y habilidoso en el trabajo de la madera, que partió del puerto de Vigo rumbo a Argentina para formarse en ese oficio y regresó con algún dinero de más, el conocimiento y la virtud profesional y un cajón, un baúl, repleto de herramientas, alta tecnología a principios del siglo XX para un pueblo llamado El Piñero, al sur de Zamora. Mi bisabuelo, Zoilo Andrés Martín, prosperó en El Piñero como carpintero y estableció allí una profesión que transmitiría a sus hijos. Zoilo Andrés Hernández y Julián Andrés Hernández fueron dos de sus vástagos, el primero siguió los pasos de su padre y emigró también a Argentina, aunque allí hizo su vida y nunca regresó. El segundo, mi abuelo, permanecería hasta su muerte en 2006 en la tierra que los vio nacer.

 

Es costumbre en Semana Santa, especialmente en las localidades de Castilla, hacer uso de carracas, instrumentos de percusión hechos en madera con que se suple el tañer de las campanas, que son generalmente tocados por niños y jóvenes durante ciertas procesiones. En El Piñero también se representaban esas escenas durante las procesiones litúrgicas y cierto día de 1922, desconozco la razón, mi bisabuelo quiso que su hijo Zoilo tuviera el carracón más grande de toda la comarca y que presumiera y atronara con su ruido ensordecedor las calles del pueblo, para maravilla de pobladores y forasteros. Semejante instrumento y especialmente el ruido que producía deberían causar admiración. Con un arte y una técnica tristemente ajenos a mí, de un solo bloque de madera de pino construyó en aquel año un carracón que hizo las delicias de mi tío-abuelo Zoilo, quien para hacerlo sonar hubo de pedirle a un amigo que lo ayudara, pues estos carracones tienen que ser tocados por dos personas, una a cada lado.

 

Zoilo Andrés Martín y Juliana Hernández, bisabuelos del autor
Zoilo Andrés Martín y Juliana Hernández, bisabuelos del autor (circa 1910)

 

 

De este modo el carracón se rodeó de una pareja, la pareja “Andrés Hernández – Pérez”, apellidos que aún hoy en día pueden verse escritos a lápiz en un lateral de este carracón. Pérez era el apellido del amigo que lo ayudaba a tocarlo. Desafortunadamente nadie sabe ya quién fue esta otra parte del binomio. Pero otras incripciones han quedado impresas en la vetusta madera, el nombre y apellido Zoilo Andrés, en tinta negra y con unas molduras que hoy en día aún conservo y que forman parte de ese otro tesoro que es el cajón de herramientas de mi bisabuelo.

Zoilo Andrés Hernández, tío-abuelo del autor.
Zoilo Andrés Hernández, tío-abuelo del autor.

 

Desde entonces este carracón salió a la calle anualmente con motivo de Los Oficios el Jueves Santo, cuando las campanas son sustituidas por las carracas. De igual modo, el Viernes Santo avisaba del comienzo de la procesión y salía y desfilaba junto al Cristo, la Dolorosa, la Cruz de la Santa Cruz y la Virgen del Rosario de luto, en la procesión de los faroles de El Piñero, acompañando a las voces que cantaban el “Stabat Mater dolorosa”.

Julián Andrés Hernández, abuelo del autor
Julián Andrés Hernández, abuelo del autor

Mi bisabuelo, no conforme con aquella primera obra, quién sabe si ante la petición caprichosa y simpática de su hijo o bien porque éste había crecido y el primer carracón ya se le había quedado pequeño, decidió construir un segundo carracón, aún mayor, aún más espectacular. En 1928 lo terminó y ambos carracones desfilaron desde entonces por las calles de El Piñero, uno de ellos también tocado por mi abuelo Julián, luego por mi padre, Zoilo Andrés González y otros miembros de mi familia. Finalmente por herencia, como un legado dinástico y legítimo, como prenda de un apellido y de un nombre que comparto con aquellos hombres de mi familia a los que nunca llegué a conocer, soy depositario de estos carracones y de la obligación de conservarlos.

 

Zoilo Andrés González
Zoilo Andrés González, padre del autor

Con ese objetivo, con el de contribuir a su conservación (muy deteriorados por el uso, el mal uso también, y por el paso del tiempo y los lugares y formas en que han sido guardados) pero especialmente con el objetivo de fomentar su conocimiento y ennoblecerlos, he decidido donarlos al Museo Etnográfico de Castilla y León, cuya sede se encuentra precisamente en Zamora. Allí sabrán restaurarlos y conservarlos, y formarán parte de una colección museística y cultural que me enorgullece y que pone de relieve a cualquier generación futura la digna historia de sus protagonistas.

 

 

 

Zoilo Andrés Domínguez

Madrid, 24 agosto de 2010.

 

 

Zoilo Andrés Domínguez (MegaZoi), autor de este blog
Zoilo Andrés Domínguez (MegaZoi), autor de este blog