Se habría pasado el desvío si no hubiera frenado en seco, sacando de quicio a los que venían detrás de él y al camionero que hubo de reducir su marcha para hacerle un hueco en la incorporación.
Conducía sin mirar los letreros, que más que ayudarlo, lo saturaban de información. No sabía conducir de otra manera y además era ésa la manera que le gustaba.Conduciendo de noche por la carretera autopista
Se habría pasado el desvío si en una mirada fortuita al mosquito aviador que se había estampado contra el parabrisas, no hubiera visto las letras blancas sobre fondo azul que le indicaban su destino.
Entre pitido y pitido hablaba solo. Lo hacía a menudo, desde siempre. No eran las largas conversaciones de un desequilibrado. Su propia voz interior acostumbraba a increparle cuando hacía algo mal, o a darle consejos en voz alta cuando estaba indeciso.
Le gustaba la música flamenca. Especialmente apreciaba el cante jondo, el flamenco puro, oscuro, bien zapateado. No esos bailes coloridos más propios de la Feria de Abril. Deslizó el dial hasta que encontró un sucedáneo musical de este arte. Cualquier cosa habría estado bien, pero siguió saltando de emisora en emisora, y por casualidad o por obra de su subconsciente sintonizó uno de esos programas a donde llama la gente a contar sus problemas.
Alguna madrugada un poco sonámbula, mientras esquilmaba el transistor, se había quedado escuchando alguna de esas historias. Unas para reír y otras para llorar, le hacían descubrir la verdadera esencia del ser humano. Mientras escuchaba a toda esa gente se preguntaba por qué sería que de noche afloran los más oscuros sentimientos y los más ocultos pensamientos que por el día escondemos tras la fachada de una sonrisa o de una palabra amable.
Siguió conduciendo mientras oía la suave voz de la interlocutora. Él también era un buen interlocutor. Sabía escuchar y callar a su momento, al contrario que esa gente de abyectos soliloquios. Esa gente le sacaba de quicio. Por eso a veces parecía antipático. Bueno, cada uno tiene su forma de ser. Como los que quemaban el teléfono para entrar en antena. ¿Acaso todos somos una masa uniforme que piensa y siente igual? Que los hay, se decía. Esta prepotencia también le hacía parecer antipático. Pero estaba en lo cierto, y el mayor ejemplo era ese programa de radio. Sin embargo, no tardó en aburrirse.
Abrió el maletero y desde el interio del coche se oía a una madre hablar de su hijo drogadicto

Paró en un área de descanso. No estaba cansado, apenas llevaba una hora de viaje, pero estaba seguro de que ella necesitaría mover un poco las piernas.
Abrió el maletero y la miró con desdén. Le hizo un gesto con la cabeza para invitarla a salir, y ella le respondió frunciendo el ceño. Luego asintió con la cabeza. Él no hablaba porque hacía tiempo que había perdido las ganas de dirigirle la palabra. Ella no lo hacía porque un esparadrapo en la boca se lo impedía. Le desató los tobillos y le dijo que sacara las piernas fuera, después la asió por un brazo para ayudarla a salir. Emitió un hondo suspiro cuando por fin sus pies tocaron el suelo.
Él sostenía la pistola en su mano izquierda, no quería sorpresas y tratándose de quien se trataba era seguro que podría haberlas. Desde el interior del coche se escuchaba a una mujer hablar de su hijo drogadicto y el tenso silencio de la noche estrellada se cortaba con el pasar de los coches a toda velocidad por la autopista.
Apagó la radio y miró el reloj. Fue un acto reflejo, tenía todo el tiempo del mundo. Le gustaba esa sensación, la de saber que una ficción como la que marca el reloj no tenía efecto sobre él. Se acercó a ella y la miró a los ojos durante unos segundos, luego le quitó el esparadrapo de la boca y le juró que la mataría si pronunciaba una sola palabra. Ella sabía que hablaba en serio. Se encendió un cigarrillo, le dio una calada y se lo pasó. Fumar maniatada le hacía perder todo su estilo al coger el cigarro para llevárselo a la boca, con esa elegancia que pocas mujeres saben poner en práctica.Las chispas de la brasa del cigarro se esparcieron por el asfalto oscuro
Mientras ella fumaba dejó la pistola sobre el capó. Se acercó y la cogió de las manos. Ella se lo quedó mirando perpleja, con el cigarro en la comisura del labio a punto de caérsele por la impresión. Comenzó a levantar el esparadrapo con las uñas hasta que liberó sus muñecas. Puedes irte, le dijo. El cigarrillo terminó por caer hasta el suelo y antes de que él lo pisara y esparciera las pequeñas brasas por el negro asfalto, ella echó a correr.

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