Aquel cuadro siempre colgó de esa pared y aún hoy permanece en el mismo sitio desde el que su protagonista me mira con unos ojos sepia que reconozco familiares, melancólicos.

O quizá soy yo quien quiere ver en ellos la melancolía de un chaval que vivió humildemente y que vivió la más miserable de las muertes, que es el olvido.  Un chico de apenas 16 años que fue entregado a la tarea de matar a otros y matarse en el supremo mandato de causar cuantas más bajas mejor, de quien no llegó a conocer el amor o la dicha de verse feliz, sano, rodeado de su familia, de una mujer y unos hijos que le recordaran hoy, ahora; instrumentalizado como fue, convertido en un arma que había de luchar por un ideal vacío y terco, el de salvar a España de los rojos, por la gloria de Dios y de Franco, para restituir la virtud de esa Patria. Una España cruel que lo arrancó de su familia para mandarlo a un frente de combate letal, y que una vez acabada la tarea lo devolvió moribundo a la misma familia que tanto había llorado su ausencia. Muerto entonces, la misma España vencedora se deshizo de su cadáver y hoy en día la incógnita de su paradero es todavía un hecho que merece una reparación.

Estoy hablando de una víctima de la Guerra Civil Española. Tan víctima para mí como los miles de desaparecidos y represaliados republicanos, pese a haber combatido en el bando sublevado.

Reconozco que su filiación al ejército de Franco carece de poética, de sentido de justicia, que no es desde luego un ejemplo ni goza del atractivo y la simpatía de sus enemigos en el ejército de la República, el legal, igual de desalmado, igual de asesino, exactamente igual de inhumano, pero, aunque ejército, gubernamental y legal al fin y al cabo, luchador por unos ideales que se presuponen más altos, más democráticos, más sublimes.

Pero no debemos juzgar el pasado, especialmente ese pasado nuestro tan hiriente, y a sus protagonistas en uno u otro lado, con los ojos del presente. Porque no se puede juzgar a aquellos que fueron alienados de toda lógica, de todo humanismo, del necesario sentido crítico y de toda conciencia social y política justas. Porque alienados fueron, casi analfabetos, con soflamas y consignas vacuas que glosaban los ideales y los anhelos de un tiempo extremadamente convulso, donde los extremos del Fascismo y el Comunismo tuvieron en España su cruel campo de experimentación bélica, su antesala de la II Guerra Mundial.

Como no se puede juzgar a aquellas pobres gentes, carne de cañón arrojadas a la lucha fratricida, mi aproximación al legado de ese chaval que nos mira a todos vestido de uniforme, con su boina calada, su bello y joven rostro y la melancolía de su mirada, es un intento por restituir su memoria, la dignidad de su sepultura, el recuerdo de quien nadie recuerda ya.

Emérito Peña Barrigós es el nombre de este chico. El nombre de mi tío-abuelo. Enviado a morir  a su casa en El Piñero (Zamora) una vez enfermó de tuberculosis en el frente. En julio de 1937 fue reclutado y enviado a luchar en el ejército sublevado contra la “España roja”. No debería ser necesario justificarlo pero es preciso aclarar que a estos prototipos de hombres, que lo eran, se les llamaba a las filas de uno de los dos ejércitos enfrentados según la zona en la que viviesen. Si hubiera vivido en zona republicana probablemente habría combatido en ese bando. Pero Zamora era zona “nacional”, y con el ejército franquista hubo de luchar.

Emérito es una víctima de la Guerra Civil. Porque hoy en día nos horrorizamos cuando  vemos en las noticias que en el Congo o en Siria se recluta a menores de edad, y sin embargo nos olvidamos de que en nuestro propio país esto fue una práctica frecuente durante la Guerra en ambos bandos. Emérito es una víctima de la Guerra Civil porque nadie a su edad debería verse obligado a matar a otro ser humano, ni debería verse privado de su juventud y de su familia. Emérito es una víctima de la Guerra Civil porque ese Estado paralelo que lo mandó al frente se deshizo de él, tuberculoso, probablemente alegando medidas higienistas. Emérito es una víctima de la Guerra Civil porque también él yace en un lugar desconocido para sus familiares, los pocos que a día de hoy aún lo recuerdan a través de un cuadro en que viste uniforme y de un libro, un librito apenas, su diario de operaciones durante la Guerra.

Diario de operaciones de la Guerra Civil, escrito por Emérito Peña Barrigós.

Diario de operaciones de la Guerra Civil, escrito por Emérito Peña Barrigós.

El diario que Emérito escribió de su puño y letra entre julio de 1937 y junio de 1939 llegó hasta mí después de haber pasado por las manos de sus hermanos Celedonio, Nicasia, Trinidad y Leonor, mi abuela, quien antes de morir se lo legó a mi prima Natalia, la cual lo ha puesto en mis manos para, de momento, transcribirlo.

Su diario es el relato en primera persona de un chico de 16 años que no da crédito a la barbarie que acontece a su alrededor, pero que participa de ella porque no hay otra opción. A lo largo de sus 62 páginas  describe los lugares a donde él y sus compañeros son enviados, las batallas en las que tiene que luchar, los hechos y sucesos que le asombran, las buenas y malas vivencias de las que es protagonista, las gentes que se encuentra por una España barrida por la guerra.
Asombra el nivel de detalle en la relación de pueblos y lugares en los que lucha o pernocta. O las descripciones en que habla de cómo pasaba el tiempo libre en sus días de permiso, haciendo cosas tan normales y cotidianas como ir al cine, bañarse en un embalse, o beber anís con sus compañeros; como si estas cosas fueran realmente las que deberían haber protagonizado su juventud, en lugar de las bombas, los fusiles y las ametralladoras.

Su diario es la memoria viva de una persona que nadie recuerda. De alguien que no tuvo oportunidades ni opción de elegir, la de una chaval abocado a la muerte o a la lotería de sobrevivir a una guerra, como todas, injusta. Lo segundo no llegó a ocurrir pero una parte de él pervive aún en esa foto color sepia y en este librito de páginas marrones que huelen a papel viejo.

diario de guerra, diario de operaciones de Emérito Peña Barrigós

Emérito escribió su diario de guerra desde su alistamiento en julio de 1937 y el final de la Guerra en abril y junio de 1939.

Espero, con la transcripción de esas hojas, poder ofrecer su testimonio, recordar una parte de su vida, la más triste quizás, pero hacerle inmortal en estas letras electrónicas que recogen hoy el testigo de aquellas de trazo elegante y tinta azul, que salieron de su mano en una trinchera, en el ajetreo de un vagón de tren, o bajo la sombra de un árbol en un monte momentáneamente en calma.

Yo, su sobrino, el mortal de estos tiempos que custodia su efímera memoria 80 años después, he disfrutado mucho leyendo su diario, como el cofre secreto que revela los pensamientos, los sentimientos, las vivencias de una persona cercana a mí por la aleatoriedad de la sangre pero lejana en el tiempo y en la memoria. Una ventana a un pasado que compartimos todos los españoles y que desgraciadamente no cuenta con el concurso de nuestras Instituciones, preocupadas en no alentar el fantasma del conflicto guerracivilista, sin darse cuenta de que sus tropelías, actitudes y disensos fomentan más la formación de bandos extremos y enfrentados, que la justa publicidad y pedagogía de la Guerra Civil Española.

Leer su diario y hacerlo legible ha sido para mí una tarea apasionante, incluso divertida. Un proceso en que casi lo he llegado a conocer a través de algo tan insignificante como el trazo de una ‘b’ o una falta de ortografía que se repite una y otra vez. Y ha sido hermoso reírme sintiendo su compañía con algunas de sus ocurrencias y también entristecerme por la desdicha de las cosas que tuvo que vivir.

Redescubrir esos años terribles de nuestra historia ha sido también de sumo interés, localizando en Google Maps los pueblos y ciudades por las que pasaba, buscando accidentes geográficos, ríos  y montes en mapas topográficos, investigando en fotos y Google Street View las calles y lugares que él vio con sus ojos y que describe con su bonita caligrafía; leyendo las crónicas de las batallas en las que luchó y contrastándolas con las fechas, sucesos y nombres que cita.

Esta tarea la he hecho con un escrupuloso respeto a su modo de escribir y a las páginas de su diario. Por ese motivo he respetado su sintaxis y su ortografía, añadiendo solo algunas aclaraciones cuando era necesario. Porque al fin y al cabo esto es solo una transcripción de su manuscrito, nunca una  adaptación. Y la verdad de sus palabras no puede ser enmascarada.

En los próximos días, incluiré una nueva entrada del blog con su diario de operaciones.

Emérito, mi pequeño homenaje y el de tus sobrinos, el único a mi alcance, está aquí. Espero en un futuro poder rastrear las pistas que encierran el enigma de tu paradero.

R.I.P.

 

LEER el diario de operaciones de Emérito Peña Barrigós.

Mapa de las localizaciones de Emérito Peña Barrigós durante la Guerra Civil, citadas por él en su diario. Pincha en este enlace para ver con más detalle.

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