Inventaron todas las lenguas de este mundo y después escribieron sus historias en las horas negras del alba inminente, ése que deslumbra en el horizonte y pronostica un día siempre perecedero. Pero cuando todos los libros fueron terminados y la palabra fin los concluía, descubrieron que nadie era capaz de poder descifrar aquellas letras incognoscibles para el torpe ser humano que acontecía al paso lento de un tiempo joven aún.

Los reunieron todos en la gran sala de mármol, tan resplandeciente, con su atmósfera estéril y el eco aunando las voces guturales de los seres que afuera emergían de la tierra. Y allí en los anaqueles los dejaron aguardando las luces prósperas de otras épocas que habrían de llegar.

Habían florecido ya los campos de la sabiduría, y germinaban las semillas del  próspero tiempo anterior. Las voces de los hombres resonaban afuera más longevas y melódicas que las de sus toscos antepasados, pero el arca que guardaba las crónicas del Universo se resquebrajaba por el imparable progreso que arrasaba todo a su paso.

No había más conocimiento que aquel que había sido descubierto, y ni la memoria de la historia pasada servía ya para iluminar un idílico camino que a sus ojos emergía infinito y rectilíneo. La ambición colectiva engullía todo atisbo del cándido individualismo de aquellos días primeros y felices, y terminó por devorar con saña el magno edificio al que llamaban hogar.

El tiempo y las guerras sepultaron el mausoleo de la Ciencia, y la verdad del mundo permaneció impertérrita  al devenir de sus días y sus noches, inmutable, oculta en lo hondo de la mente ignorante, que contempla con desdén lo que no entiende.

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