¿De qué podría hablar un viernes por la noche, con el cansancio de la semana a cuestas y el calor aplastando la atmósfera de mi habitación?

Hoy no quiero pensar y prefiero dejar que mis dedos vayan nutriendo de palabras esta hoja en blanco, aunque sean divagaciones intrascendentes, o sea, chorradas de un pringao que está en su casa un viernes por la noche. Amén.

Sí, hoy no tenía plan. Así que he decidido formar un contubernio informático, que no judeo-masónico como decía Paquillo el Gran Usurpador, entre mi antiguo PC, mi nuevo portátil y un servidor. Odio Windows Vista. Así, tan bonito, tan moderno, tan dinámico, tan interactivo, tan organizado, tan colosal…, “qué agobio, hija” (sic), pero tan jodidamente ineficiente en compatibilidades con sus sistemas operativos predecesores, programas, consumo de los recursos del sistema y muchas otras cosas más que seguro que se me revelan con el uso.

Soy un hedonista, lo reconozco. Tecleo un portátil de 1.300 pavos mientras fumo un cigarro y tomo una copita de Oporto con Denominación de Origen. Solo me falta una guarra que me la chupe mientras escribo “chupe”. ¿En qué me he convertido? Soy un producto más del capitalismo feroz, un pelele seducido por las bondades del sistema, un náufrago que ha perdido el rumbo en un vasto océano llamado Internet.

No me importa, esto es todo fachada. Me mantengo íntegro por dentro. Sirvo para mantener a grandes empresas que se ocupan de la gente pobre mediante eso que llaman “responsabilidad corporativa”. Qué hipocresía. Qué gran avance desde el siglo XIX. Damos la espalda a los que no tienen nada, enjugamos nuestras lágrimas en artículos de lujo, y para lavar nuestras insanas conciencias inventamos conceptos vagos, huecos y nulos como la “responsabilidad corporativa”. Y nos ocupamos del tercer mundo, y del medio ambiente, y de la seguridad en el trabajo. Somos extraordinarios, como dice el anuncio de Aquarius.

A mi perro le huele el aliento. Está subido en mi cama, mientras olisquea el aire fresco que entra por la ventana. Bosteza y expide un hedor nauseabundo de su boca perruna con sarro. Es viejo, debéis comprenderle. Ahora salta y se marcha.

A veces me gustaría ser perro. Ah, pero el perro de una familia capitalista, no cualquier chucho desnutrido con el que unos niños somalíes se ensañan tirándole piedras. Eso es una vida perra. Yo escogería la vida cómoda y feliz de un perro urbano y europeo. Eso es garantía de futuro a pesar de la crisis. Perdón, recesión.

El Oporto se me terminó hace algunas líneas. Mientras escribo, todas mis fotos se van copiando y mi querido Windows Vista las visualiza aleatoriamente en una pequeña pantalla en mi escritorio. Aparecen fotos que ya tenía olvidadas, de mis viajes por el Este de Europa, de mis amigos europeos, blancos y ricos como yo.

A veces me gustaría ser Bill Gates y aparecer en África con su tez blanca y su porte primermundista para repartir fajos de billetes entre las empresas “responsables corporativamente” para que ejecuten sus proyectos de ayuda al desarrollo. ¡Viva el 0,7%! “Qué falta de respeto, qué atropello a la razón” (Sabina).

Quedan 22 minutos y 50 segundos para que algunas de esas fotos terminen por fin de copiarse. Pero creo que voy levantando el chiringuito de divagaciones por hoy.

Tened cuidado, por si viene el Coco.

¡Salud!

ZOI

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